El miércoles 3 de marzo de 2010, a las 20h00, se inauguró la exposición Sarayaku, el pueblo del medio día, en la Alianza Francesa. La muestra que estará abierta hasta el 24 de marzo, fue inaugurada por el Ministro de Cultura, Ramiro Noriega, a continuación su discurso.
Sarayaku, el pueblo del medio día
Así vista Sarayaku se nos ofrece como una oportunidad única. Y es eso probablemente lo más importante del trabajo que aquí se ha hecho. Vamos a decirlo de otro modo: Sarayaku acá, Sarayaku sobre los Andes, Sarayaku traída de allá para acá se convierte en la oportunidad única e irrepetible de hacernos esta pregunta puntual: ¿cómo, de qué manera pensar la cultura desde una perspectiva geopolítica? O mejor, más simple quizás: ¿en qué momento surge la dimensión política en lo cultural?
El debate sobre la cultura es un debate complejo. Si no fuera complejo el debate sobre la cultura, no sería un debate legítimo sobre ella. Sería un debate mamotreto. En nuestro contexto, la complejidad de este debate no pasa necesariamente por los mismos caminos por los que suele pasar el debate de los medios masivos. Pasa, así creemos, por una tensión que nos parece de ruptura y que es la que se da sobre el sentido mismo del diálogo político que no es otra cosa que el debate cultural.
En juego ya no está el diálogo como negociación. Lo que está en juego es la calidad del conflicto y las oportunidades que de él derivan. Por eso podemos decir que el debate cultural hoy en el fondo es la oportunidad histórica de dialogar sobre las maneras que hemos tenido o empleado para ponernos en conflicto.
Algunos estiman que el conflicto es siempre negativo. Nosotros creemos todo lo contrario. Para nosotros el conflicto, como debate cultural, es indispensable si creemos, como creemos fervientemente, en la posibilidad histórica de vivir en una sociedad de seres libres e insumisos. El conflicto como debate cultural para nosotros es la condición más íntima del hacer político en una sociedad que, como la nuestra (y esto está sellado ojalá para siempre en nuestra Constitución), se piensa, se quiere, se estima y se proyecta garantizando las condiciones para la plurinacionalidad que permitan el debate y la construcción intercultural. 
Este carácter de conflictividad es el que teje ese vínculo a veces indecible pero siempre estrecho entre lo cultural y lo político. De hecho, en este énfasis radica la importancia que tienen las relaciones de poder en la constitución de las prácticas simbólicas.
Por eso decimos, y con mucha alegría, que Sarayaku, el pueblo del medio día, tiende una luz necesaria para entender nuestros presentes. Por eso me inclino a decir ya no Sarayaku, el pueblo del medio día, sino Sarayaku, el Ecuador del medio día, con la ilusión de que en Sarayaku están las claves del país entero.
Gracias a este juego, podemos entrever el sentido de esta parte del diálogo que el pueblo quichua amazónico pone sobre la mesa del debate cultural. Gracias a esta puesta en escena, que constituye la cultura como campo de batalla, se visualiza de manera concreta el sentido de la interpelación que el pueblo Sarayaku nos hace aquí y ahora.
Nos corresponde a los espectadores lidiar con sus postulados, que se ofrecen fuera de todo pronóstico y de cualquier disciplinamiento civilizatorio. Sarayaku, el pueblo del medio día nos exige, y esa es la gran oportunidad que tenemos, contemporanizar nuestras miradas. Sarayaku nos incita a tomar posición frente a la diversidad de formas de hacer, ser y conocer. Frente a Sarayaku nos volvemos diálogo, debate cultural, protagonistas de una historia, la nuestra. Y en Sarayaku recuperamos la capacidad de ser seres políticos, capacidad que nunca la debimos perder y que ahora, poco a poco, paso a paso vamos recobrando para nuestro bienestar.
No podemos dejar de mencionar que detrás de esta apuesta hay un largo proceso de más de quinientos años de re-existencia y lucha, que hoy se expresa en un esfuerzo propio de las organizaciones de Sarayaku protagonistas de un debate cultural y político inédito en el país colonial.
Para que esta noche podamos coparticipar de esta experiencia, un contingente de más de setenta personas se han movilizado hasta esta ciudad, recordándonos de esta manera los compromisos emergentes que tenemos con uno de los lugares de regeneración de las especies vivientes —animales, vegetales y humana del planeta—, La Amazonía Latinoamericana. Gracias a ellos, hoy tenemos la oportunidad de alguna manera de recorrer por ese territorio y tener la posibilidad de interrelacionarnos a través de códigos culturales que casi siempre rebasan la comprensión citadina, pero que sin embargo están ahí en diálogo permanente con el estado nación que anhelamos, acá y allá.
Mal haríamos en querer patrimonializar en la vieja acepción que pretende fijar, esterilizar y despolitizar lugares otros de generación de conocimiento que integran la vida, lo económico y lo social como una forma cultural y política en sus planes de vida. Y digo esto porque su valor es pasado y presente en la búsqueda de procesos que apunten a construir en el conflicto que supone, como lo he ido anotando, el campo de lo cultural.
Aquí, lo importante no es la conservación como sinónimo de celo social. Lo importante es mucho más simple. Es que con este Sarayaku traído desde allá se abren nuevas preguntas, algunas todavía indecibles. Son esas preguntas, las que iremos construyendo, las que contendrán las claves necesarias para atender de manera clara y oportuna las exigencias políticas de nuestras sociedades. Creo que esa es precisamente la fuerza de la cultura. Y creo que por eso es indispensable debatir y seguir debatiendo.
Estamos seguros de que para responder a esas preguntas nos hará falta todas las opiniones posibles. Todos los gestos. Todos los saberes. Sus saberes, estos saberes, nuestros saberes. Estamos seguros de que solo de esas preguntas, formuladas desde todos los Sarayakus del país, nos permitirá experimentar la vivencia colectiva en espacios como el aquí propuesto, por el Pueblo del Medio día.

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